La mala educación

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¿Qué se nos viene a la mente cuando hablamos de cultura? Haciendo el ejercicio entre algunos cercanos, las respuestas fueron básicamente dos: unos, la relacionan con lo propiamente educacional, esto es, el nivel escolar alcanzado por la persona y su entonces “capacidad superior” que la calificaría como “culta”; otros, propusieron que la cultura está ligada a lo típico, incluyendo comidas, bailes, vestimentas, ritos fúnebres, entre otras tradiciones. Pero, más allá de estas dos acepciones, ¿Nos hemos preguntado y logrado responder satisfactoriamente, alguna vez, qué cresta es cultura y a cuál de todas pertenecemos? ¿Somos capaces de hallar el real valor que involucra el conformar una cultura? ¿Respetamos lo que ‘creemos’ de diferente cultura? Pienso que aquí radica un problema fundamental de la sociedad chilena actual, que no es más que fruto de una sociedad formada en su mayoría desde una posición dominante, a la que le han enseñado e impuesto la imagen de que pertenece a una cultura ganadora, que tiene miembros ganadores, los que no dudarán en mofarse y resaltar en el otro esas características tan diferentes que lo hacen pertenecer a la cultura perdedora. Racismo puro, así nos hemos formado. La imagen del blanco de metro noventa es la perseguida por el chileno, la rubia flaquita, alta, que además nos aparece todo el día en la tele, es a la que cualquier niña se quiere parecer, y no es solo un tema estético, es el estatus que te brinda el ser así.

Hagamos un ejercicio: imaginemos una línea de tiempo lineal (otra idea impuesta, que hizo desaparecer al tiempo cíclico). Ahora pensemos en una persona blanca y otra negra, ¿a cuál colocas primero? Pensemos en Sudamérica y Europa, ¿Cuál está más “adelantado”? Pensemos en un chileno y un peruano, ¿quién va delante de quién? Sinceramente, sabemos cuál fue la respuesta de casi todos. Lo tenemos muy bien grabado en nuestro chip. Vivimos en un mundo de dominados-dominantes, y así es como nos relacionamos con nuestros hermanos, amigos, vecinos y lejanos. Cuántas veces hemos sido testigos de comentarios racistas, de corte vulgar muchas veces y otras no tanto, como el típico “qué poco evolucionados son”. Evolución, ¿respecto de quién? ¿De los ingleses, de los gringos, de los finlandeses? ¿Somos conscientes de quiénes fueron los que poblaron nuestras tierras, respetándola y formando un pensamiento y una filosofía tan inmensa y compleja, que literalmente fue aniquilada por quienes llegaron aquí? Nos han impuesto una evolución, nos han borrado nuestro propio camino, el que, terriblemente, no conocemos ni respetamos.

Es necesario reflexionar sobre este asunto, darnos cuenta de qué opinamos, de qué sentimos, y lo más profundo, y por lo mismo más complejo, darnos cuenta de quiénes somos, y quienes queremos ser. Solo así podremos respetar al de al lado, que, ni más ni menos, es nuestro hermano.

Debemos informarnos, leer, formar nuestra opinión desde otros planos, no solo desde Galileo, Kant, Descartes, no solo de Marx, Engels, Hegel y Smith, pensadores que cuando escribieron sus legados nunca pensaron en un indígena, en un negro, en un latinoamericano. ¿Por qué no contextualizarnos y mirar a los nuestros, conocer y estudiar nuestra riqueza? Vamos al Popol Vuh, investiguemos la filosofía náhuatl, la filosofía andina, la filosofía mapuche; leamos textos y poesía latinoamericana, leamos nuestra historia, quizás de una vez por todas entendamos quiénes somos. Y si no, tendremos un vasto panorama para poder hablar desde el saber, que de seguro nos dará la respuesta.

Es así como llegamos, de nuevo, a la educación. A la necesitada y merecida educación de nuestro pueblo, pero no aquella que nos impone imágenes de dominación, que nos enseña que España es el modelo, que nos coarta de literatura latinoamericana, que nos da una única mirada racional y lógica de las cosas, que nos encierra en cubículos sin tiempo ni espacio. Es urgente, debemos hacer algo por educarnos de verdad, por conocer otro punto de vista. Y como no todo está perdido, y como siempre hay quien luche por aportar un grano de arena a cambiar esta formación racista y vejatoria que la escuela favorece y promueve, es que se abrirá este espacio a personas que, de una u otra manera, desde sus propias vivencias y puntos de vista, han encontrado un camino que, aunque sea muy de lejos, puede ver en su fin la luz de la igualdad, esa que nace de la diferencia.

Recibamos en este número las palabras de Marcos López Hualamán- a quien agradecemos desde ya su tiempo y disposición-, estudiante de la Chile, perteneciente a la comunidad mapuche-williche, quien dicta un taller de mapudungún en la sede de Juan Gómez Millas.

 

Entrevista a Leftraru Hualamán

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Palabras de presentación

Mi nombre es Marcos López Hualamán (1993), soy un mapuche-williche, nacido y críado en el Chausrakawün Kasra (Osorno) y en estos momentos me encuentro en un “paréntesis” de mi vida al haber cruzado el Bío Bío para venirme a estudiar Licenciatura en Historia en la Universidad de Chile, carrera en la cual estoy ya en 3er año. Además de mi faceta de estudiante de historia, y junto con otras actividades, también me dedico a tocar williche ülkantun y a ser dibujante, asuntos que ya realizaba desde que estaba en educación media y que sigo haciendo bajo el seudónimo de Leftraru Hualaman.

¿Qué te llevó a hacer un taller de mapudungún en la Chile?

En lo personal, el hacer el taller de lengua mapuche, más allá de un gusto en sí mismo (que sin duda lo es), es ante todo un deber y una necesidad.

Es un deber, en cuanto a que la recuperación de nuestro idioma y el volver a legitimarlo como una lengua funcional en pleno siglo XXI es uno de los tantos frentes de batalla claves en pos de la lucha de nuestro pueblo-nación en camino hacia su liberación. Es una necesidad en cuanto pasa por reconocer que dentro de nuestra historia en general y tanto en mi Territorio como en la Facultad de Filosofía en particular, ha habido personas claves que, con su trabajo de años, han logrado transformar a pulso, en contextos adversos, suelos agrestes en fértiles tierras de cultivo.

Nosotrxs, como brotes nacidos en esas tierras, el devolverles la mano, recogiendo la posta y siguiendo esta larga carrera, es el gesto mínimo que necesitamos llevar a cabo. Por lo mismo, para responder a esta pregunta, debo hacer referencia a dos personas claves en mi proceso de reencuentro y reidentificación identitario y político.

Además de mis padres, quienes siempre me inculcaron el hecho de que yo soy mapuche y que debía sentirme orgulloso de serlo, están, por un lado, en el Chausrakawün, el peñi Salvador Rumián y, acá en Santiago, el kimche Héctor Mariano. El primero fue quien me dio la gran oportunidad de poder recuperar mi lengua materna y, de la mano con lo anterior, reencontrarme cara a cara con el Kuifi Srakisuam y con la memoria histórica de mi pueblo en mi territorio, la Fütawillimapu y el Chausrakawün. El haberlo conocido fue y es clave para entender en gran parte el por qué estoy haciendo lo que hago y, por ende, para entender por qué soy lo que soy.

En cuanto al kimche Héctor, es gracias a él y a toda la gente que a su alrededor he ido conociendo, como Enrique Antileo o Andrea Salazar en primera instancia, y posteriormente a Carlos Soto Quilán (Filosofía UChile) o Felipe Avendaño Millanao (Filosofía UMCE), que he podido expandir enormemente el horizonte de experiencias y conocimientos al respecto, además de permitirme seguir siendo y sintiéndome como mapuche en un espacio tan duro y agreste como Filosofía en la Chile. Gracias a él, su certera visión y anhelo de poder hablar nuestra lengua en la ciudad y, sobre todo, a su ardua lucha de más de diez años, que partió con la conformación del equipo Kom Kimmapudungun Waria Mew (Todxs aprenderemos mapudungun en la ciudad), se logró oficializar la lengua mapuche como “idioma instrumental” en nuestra facultad. ¿Qué quiere decir esto en concreto?

En otras palabras, desde este año, el Mapuche Süngun se puede tomar como ramo al mismo nivel y exigencia que, por ejemplo, el inglés, el alemán o el francés, lo cual en la Universidad y en la Facultad que han sido claves en la construcción ideológica del Estado chileno, tiene un simbolismo no sólo “cultural”, sino que, ante todo, de carácter político. Sin embargo, debido a desconocimiento o choque de horarios, ha habido mucha gente interesada en tener clases con él, pero no ha podido hacerlo. Es ahí donde Carlos y yo vimos la oportunidad de devolverle la mano a nuestro kimche.

¿Por qué un taller y no una clase? ¿Crees que este ha funcionado? ¿Te gusta como se ha dado el proceso?

¿Por qué taller y no una clase? Por varias razones. En primer lugar, porque esta actividad no nace aislada, sino que es parte del proceso de rearticulación de varios mapuches estudiantes, tanto universitarios como secundarios los cuales, reunidos en torno a la figura del kimche Héctor, a partir de este año hemos de a poco levantando una serie de actividades en pos de ir problematizando a nuestra gente y, paulatinamente, ir sembrando semillas críticas de las cuales vayan brotando nuevxs konas (guerreros) a lo largo de esta gris metrópoli, el centro en donde Chile limita con la miseria. Dentro de lo anterior, es que, mientras se han realizado foros tanto de historia como de contingencia en varios liceos, en el Peda y en la Chile estamos realizando los talleres de lengua mapuche.

A partir de lo anterior nace la segunda razón. En estos dos espacios, el equipo Kom Kimmapudungun Waria Mew ya está inserto, realizando clases permanentes como cátedras establecidas dentro de ambas universidades. Por lo tanto, nuestra labor no puede sobreponerse a la de ellos, sino que, por el contrario, debe ser de apoyo y complemento, aprovechando además la mayor disponibilidad de tiempos y espacios debido a la coyuntura actual de movilizaciones. Por eso es que los planteamos como talleres.

Por lo mismo, tanto el “Taller de Mapuchedungun” (UMCE) como “Wiñochoyüpe Tayin Mapuche Kewün” (UChile) los visualizamos ante todo, como introductorios, para que puedan permitir posteriormente a lxs interesadxs sentirse segurxs para tomar clases con el kimche y el equipo Kom Kim. Si bien creo que aún es muy pronto para evaluar su funcionamiento, pues sus frutos concretos sólo los podremos saber después de finalizado el ciclo, creo que ha sido un proceso de aprendizaje bastante interesante, tanto para lxs asistentes como para nosotros mismos.

El hecho mismo de que seamos estudiantes haciéndoles clases a otros estudiantes, los cuales saben cosas que nosotros no sabemos al mismo tiempo que le entregamos saberes que ellos no tienen, implica dejar de lado una concepción bancarista de la educación, en cuanto buscamos tensionar la relación jerárquica de un profesor que le deposita conocimientos al alumno. Lo anterior nos plantea el gran desafió de, ante todo, aprender a enseñar en el acto mismo de enseñar, lo cual implica, por ejemplo, ir creando y adaptando metodologías a pulso , intentar plantear relaciones de tipo horizontal en la sala de clases, incitar el diálogo y la reflexión con la gente que asiste a los talleres.

Todo lo anterior involucra, en el acto mismo de educar y aprender educando, el cuestionar a nuestra educación como reproductora del capitalismo neoliberal y el colonialismo multiculturalista actuales, apareciendo de este modo el otro rostro de la educación: el de ser potencial transformadora del pensamiento y actuar de generaciones enteras en un horizonte liberador de todas las formas de opresión.

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¿Cómo crees que la enseñanza de la lengua puede aportar a la reivindicación del pueblo mapuche?

Para lxs mapuche, el recuperar nuestra lengua, el soporte de nuestra matriz cultural, de nuestra memoria histórica, de nuestra forma particular y propia de relacionarnos con el mundo y para el mundo, es un deber indelegable. La pérdida de nuestro idioma es, ante todo, uno de los reflejos más brutales del colonialismo: la dominación política, social, económica y cultural de un pueblo o parte de este sobre otro, legitimado por el racismo, es decir la inferiorización y deshumanización del dominado a partir de sus características físicas y/o sicológicas.

La usurpación de nuestro territorio, el soporte material de nuestra autodeterminación política y económica, también usurpados por el Estado chileno, implica un proceso de deshumanización tal, que en pleno siglo XXI hemos tenido que legitimar, frente a años de asimilacionismo, esa falsa integración dentro de la “nación única e indivisible”, nuestra existencia misma, en nuestra calidad de seres humanos pertenecientes a un sujeto colectivo que es y está siendo en tiempo y espacio, el cual haciendo uso de esa facultad busca seguir construyendo su historia en el presente.

Y basta mencionar simplemente eso para entender que, además de ser parte de un proceso de liberación nacional a largo plazo, es además, un proceso de rehumanización, tanto nuestra en cuanto sujetos dominados como de los otros a los cuales se les ha obligado a reproducir la dominación. Mientras la clase que construye el estado y crea una nación a su medida obligó a punta de varillazos a nuestros abuelos para que dejen de hablar nuestra lengua y aprendan el castellano, nosotros, por el contrario, no sólo recuperamos nuestra lengua, sino que la entregamos al mundo para que todxs caminen a nuestro lado en este proceso de recuperación, y cualitativamente, eso es un triunfo frente a los más de cien años en que, desde Vicuña Mackenna hasta José Bengoa han declarado nuestra muerte como nación, pero por sobre todo, es un paso ético para sembrar un mundo nuevo sembrando corazones nuevos.

 


por Daniela Schönffeldt / Fotografía: Cristian Vergara

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