Desidia

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Son casi las 5 de la madrugada, por lo que el respetable lector entenderá que escribo con algo de sueño, sin embargo, esta es la hora del día en que me encuentro más lúcido. Ahora bien, escribo con sueño, pero no particularmente cansado. Soy uno de los miles de estudiantes que desde más o menos la quincena de junio no ha pensado ni por si acaso en ir a darse una vuelta a los pastos de Macul 774.

Sin hacer mayores referencias a mi currículum, soy un estudiante y ciudadano movilizado desde secundario, hace casi 10 años, y este es el primer año en que no he estado ni siquiera informado de lo que mis compañeros han hecho en la toma, aunque con varias tomas en el cuerpo y poniendo a un lado todo el trabajo que conlleva el simple hecho de estar en una toma, pienso que mis compañeros no deben estar pasándolo mal precisamente. En todo caso, no es lo mucho o poco que carreteen mis compañeros lo que me hace disentir de la toma, sino que la experiencia me ha mostrado a punta de faringitis que las tomas que en 2006 tenían la cagada en Chile hoy dan risa a los profesores y autoridades que, tranquilamente beben café en escritorios prestados mientras preparan los ajustes al calendario académico para cuando las movilizaciones, inevitablemente, sean depuestas.

Bueno, una cosa es la toma en el Departamento de Castellano, pero ¿las asambleas, marchas y mítines? Ni hablar. No he hecho nada de eso y puedo asegurar que no soy el único. Cientos y quizás miles hoy bendecimos el Facebook, que diariamente nos mantiene informados de lo que ocurre en el Pedagógico, y que, al igual que nuestros compañeros de la Chile, a través de esta misma red y probablemente a través del Twitter e incluso el Grindr, nos quejaremos de la paja que nos da volver a clases o de la cantidad monumental de trabajo que los profesores, esos mismos que mencioné en el párrafo anterior, nos ordenarán “para la próxima clase” y pediremos vacaciones urgente.

Claro, yo igual he utilizado estos dos meses de paro en la universidad para ganar dinero y trabajar en las luchas que a mí más me interesan, así varios más; otros decidieron ahorrar la plata del arriendo e irse a sus hogares fuera de la capital y otros, finalmente, procrastinar en sus casas o tomarse merecidas vacaciones. Ninguno de nosotros tiene excusa.

El disenso contra la mayoría movilizada siempre va a ser una opinión impopular, pero no fue callando que los estudiantes y los trabajadores hemos conseguido reivindicar nuestros derechos, por lo que disentir tampoco es excusa para no estar. Decir que la pega política que uno hace fuera de la U (subterfugio usualmente esgrimido por mí y otros compañeros primordialmente militantes de colectividades políticas) es tanto o más importante que la que abandonamos en la universidad, no es pretexto para autorizarse a permanecer aparte de la lucha. El individualismo de algunos compañeros, los que por necesidades económicas se han ido de Santiago, incluso el que reconoce su pereza; ninguno de nosotros está justificado.

Así como el ser y su entorno son indivisibles, el estudiante no puede ser forastero en su propia universidad, alienándose de sus deberes como ciudadano y estudiante, al no participar de alguna forma en sus respectivos levantamientos estudiantiles ni concurrir a las asambleas.

Insto a todo aquél que esté leyendo esta columnita a dejar la desidia. Vayan a darse una vuelta al campus, júntense con sus compañeros, tómense una Pilsen, lleven algo para la olla de las tomas, pregunten cuándo hay asamblea, por último comenten con sus propios amigos y compañeros sus opiniones sobre la movilización, pero, además de que hoy se está peleando por la Ley de Carrera Docente, formar parte activa de la lucha estudiantil es un deber, independiente del rol que se quiera jugar.

Infórmese, opine, participe y luche. Pero por sobre todo, deje la paja a un lado.


Fabián Álvarez Muñoz, estudiante de Pedagogía en Castellano (UMCE) y activista de derechos humanos.

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