Creo profundamente en los cinco primero años de nuestra vida. Sí, los cinco. Ese proceso naturalmente formador donde incorporamos todo lo que somos y seremos. Son el suelo, los espacios de cemento que se incrustan en manos y piernas, las hojas, viento y la tierra mojada parte de este ensueño humano. Los perros y gatos. Los amigos. Los hermanos.
Digo esto por el comienzo del inverso de los seis-siete-ocho años. El mata pasto, el mata tierra, mata viento. La llegada de los espacios cerrados, la obligación, la postura tiesa por más de muchas horas. Las sillas ordenadas. El orden tieso. La entrada gloriosa a la cajita de fósforos. Queda entonces un recuerdo cada vez más escaso y perdido en rincones de memoria que se van activando al oler un jabón, al pasar por el lado de un jardín recién regado, al ver una plaza de juegos. Y así pasan los diez-once-doce, ya más adiestrados, algunos con la vista puesta en el Nuevo Mundo, otros con el perdido recuerdo aún latiendo pero cada vez más escondido, hasta que a los catorce-quince todos olvidan. Llegan nuevos temas, olores, intereses. Pero el claustro no cambia. El tieso orden ya es nuestro. Así llegamos a emparejar nuestros cuerpos-inhibidos, a compartir esta presión, a unir nuestras funcionales y concretas partes, tal como nos enseñaron, y en algún momento formarán otro ser, otro nosotros, otro mutilado a los cinco.
Pasamos los años, veinte-treinta-cuarenta. Ya qué sentido tiene, ya la flecha se está frenando y nos miramos al espejo y lo atisbamos. Pero la cuenta sigue, los más pequeños deben ir a enclaustarse, repetirse. También lo debemos. Cincuenta, mismo trabajo, mismas ganas, mismo encierro, cemento, ruido. La flecha apunta hacia abajo.
Un día pasa de nuevo, luego, cada vez más seguido. Lo vemos, lo vemos. En un charco de agua, en la arruga, el surco de la mano, el olor de la mantequilla sobre el pan, la leche. Vemos lo que teníamos, nos vemos. Y ya son sesenta. Y un día, el menos esperado, el cuerpo recuerda esa rodilla al pavimento sin dolor, la mano arriba sin miedo, el ridículo no es nuestro asunto, el movimiento libre y desenfrenado, la risa contagiada sin motivo, problemas-preguntas existenciales tan enormes están aquí otra vez; la luz, por qué el verde, el agua, el juego de palabra, la luna, el abrazo, la muerte. El miedo tan sincero, el esfínter. Y dónde quedó todo. También lo recordamos. Y pensamos en la caja de fósforos, el orden y las sillas.
Y no lo perdonaremos jamás.
Disfrute “Nubes para los niños”
Por Daniela Schönffeldt Ayala

Be the first to comment on "Eso que llaman educación"