Caminar, frío, bocinas, ceños fruncidos. Subir a la micro, miradas esquivas. Bajar corriendo, caminar, caminar, entrar. Al fin un saludo esta mañana, pienso al verlo. ¡Qué tal, Tío Lucho! Su forma de asentir, aunque expresa un dejo de altanería, me llena de energías para el día. Por el pasillo se me cruza Doña Toma, con su seguridad y desplante de siempre, y con un leve gesto de cabeza me indica que voy atrasado. Nos vemos, alcanzo a gritarle entre mis rápidas zancadas que me llevan al banco de la sala, que, una vez más, está vacía. No recuerdo el último día que divisé a alguien entrar, que escuché la reverberación de una voz humana entre estas cuatro paredes. Es un tiempo largo de espera, por mientras, me dedico a meditar. Es un tiempo para mí, pienso, en algo hay que aprovecharlo. Así pasa la mañana, en el deambulo de espacios cuadrados y rectos, hasta que el sol comienza a asomar y mi vacío estomacal indican que ha llegado la hora. Ya en el pasto me reúno con los de siempre; uno de ellos, mi yunta de comidas y juegos, no ha traído nada para comer. ¿Quieres de mi pan, Capitán? Este, que últimamente no anda con los ánimos muy altos, gira la cabeza y prefiere dormir. Me quedo solo con el Cojo, compañero de tantas conversaciones. Luego, al terminar de comer figuramos los tres tirados de espalda al sol, con una satisfacción no solo física (luego de tanta cháchara algo habría cambiado). Un recuerdo repentino viene a oscurecer este momento, cuando caigo en cuenta de que debo volver; la caja oscura me llama, requiere mi asistencia. Me despido con desgano de mis compas; camino. Entonces, tengo una visión que me hace olvidar toda responsabilidad, ahí está, frente a mí. ¡Basura! Gran amigo, cómo te extrañé, digo abrazándole, vamos a conversar, me dice, vamos a ponernos al día. Y yo, guiñándole un ojo, corro a todo pulmón a su lado, con la lengua que se me sale, y siento que no quepo en mí de felicidad.
Dedicado a todos los amigos/animales que alegran nuestros días.

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